EL OCIO, ESPACIO DE INSERCIÓN PERSONAL Y SOCIAL |
(Resumen de la ponencia de Mª Luisa Sarrate Capdevila, Profesora Titular de la Facultad de Educación de la UNED, en el curso de formación para técnicos del Instituto de Adicciones sobre “La integración social a través del ocio”) ¿Es lo mismo Tiempo Libre que Ocio? Para poder contestar a esta cuestión se toma como base el planteamiento global que nos ofrece Quintana (2004) acerca de la categorización del tiempo, según la cual es útil diferenciar entre el tiempo comprometido, destinado a las necesidades primarias y a las obligaciones de carácter laboral y/o familiar, y el tiempo libre, que comprende tanto el utilitario (dedicado a necesidades y obligaciones secundarias) como aquel que no está sujeto a obligación alguna. Dentro de este último, destaca el ocio o tiempo aprovechado que se utiliza para el crecimiento personal y donde el sujeto adopta una actitud activa. Aunque existe una fuerte tendencia a emplear los términos tiempo libre y ocio como sinónimos, no lo son, pese a estar íntimamente relacionados. El primero sería el continente y el segundo el contenido, de tal manera que el tiempo libre se convierte en ocio cuando lo empleamos para hacer aquello que nos gusta y que procura nuestro recreo y cultivo. Aportaciones del ocio al desarrollo de la persona El ocio, como área específica de la experiencia humana, cuenta con beneficios propios ya que, cuando se configura como ocio creativo y enriquecedor, constituye una fuente de experiencias positivas para el logro del crecimiento tanto personal como social. Es por esto que el ocio pasa a ser considerado no solo como un aspecto clave en el logro de una mejora en la calidad de vida sino, y aún más, como un derecho humano indiscutible, que queda recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU, 1948) y en las Cartas Magnas de las naciones democráticas. Entre los beneficios que un ocio enriquecedor procura a la persona, destacan, entre otros: el aprendizaje y la mejora de actitudes y destrezas perceptivas, verbales y afectivas; el desarrollo de habilidades sociales; el fomento de la creatividad y el ejercicio de competencias personales y de autoconfianza íntimamente relacionadas con el incremento de la autoestima. A ello se añade que, realizar actividades de ocio, permite a la persona disponer de un espacio para sí misma, fomentando su autorrealización, pues en él realiza aquello que para ella tiene un valor en sí mismo: las ilusiones, los deseos, los sueños, las expectativas, las aficiones y la vocación personal como inclinaciones profundas que satisfacen plenamente y que, frecuentemente, son difíciles de conseguir en la práctica cotidiana. Cuando, además, el ocio es compartido con otros favorece el cultivo de valores sociales tan importantes como la tolerancia o el ejercicio de la igualdad. De esta manera, el ocio se revela como un importante recurso a tener en cuenta tanto para la rehabilitación de determinados déficits físicos y psíquicos como para facilitar el logro de la integración social de las personas con problemas de exclusión o marginación social. A pesar de los avances conseguidos, la cultura del ocio aún no está suficientemente incardinada en la vida de numerosas personas. La desvalorización del ocio, transmitida por las generaciones precedentes, ha conducido a muchas personas a considerarlo como algo secundario. Siguen predominando unas prácticas fundamentalmente pasivas que aparecen unidas a hábitos de vida poco saludables. La posibilidad de cambiar de un estilo de ocio pasivo a otro activo, es difícil y complejo, de ahí la importancia de elaborar intervenciones apropiadas que propicien el enriquecimiento personal y social y, especialmente, la igualdad de oportunidades para aquellos colectivos con perfiles que dificultan su integración plena en la sociedad. A la hora de plantearse la realización de programas, experiencias y actividades de ocio, han de tenerse en cuenta las premisas señaladas por distintos autores (Cuenca, 2004, Limón Mendizábal, 2005, Sarrate, 2005, Trilla, 2000, entre otros) que consideran deben reunir las siguientes características:
Junto a ello, el agente social siempre ha de tener presente, como criterios generales operativos en la planificación de programas o actuaciones dirigidas al fomento del ocio, el rechazo a todo tipo de estandarización para basarse en el respeto y el conocimiento de las necesidades individuales de cara a poder suscitar la iniciativa de los participantes y tomar como punto de referencia la imprescindible adecuación a sus demandas y características. Bibliografía:
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